Hechos, acciones y escenarios; todas juntas

El pasado 6 de octubre de 2016 inauguró Trabaje duro, la más reciente exhibición individual en en Puerto Rico del cagüeño Quintín Rivera Toro. La muestra tuvo lugar en la Sala Este del Antiguo Arsenal de la Marina Española en el Viejo San Juan como parte del calendario de eventos del Programa de Artes Plásticas del Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP). Durante los actos de apertura, Rivera, junto a un equipo de artistas compuesto por Beatriz Irizarry, Cristina Lugo, Stív Maldonado, Mickey Negrón y Marili Pizarro, recrearon una serie de acciones y performances escogidos durante el proceso de curaduría para formar parte de la exhibición. Las acciones se celebraron a modo de circuito, de manera que se pudieran apreciar varias veces a través la noche, sin necesidad de organizar un horario riguroso; los accionistas tomaban turnos, intercambiaban roles, involucraban al público y activaban los objetos. 

La actividad, que ocupaba los espacios de tránsito común, generaba tráfico en varias direcciones, lo que a su vez invitaba a explorar los patios y las esquinas del Arsenal libremente. Algunas de las acciones produjeron remanentes que pasaron a ser parte de la muestra, otras fueron diseñadas en relación a objetos, que luego de los actos de apertura, permanecieron inertes en el Arsenal como cadáveres después de una fiesta. El trabajo en vivo coexistía con piezas de vídeo y documentación de performances que no fueron recreados durante la exhibición. Al interior de la sala y en los alrededores de las facilidades del Arsenal, la exhibición se llevó a cabo, y se sostuvo, como la ocupación de un cuerpo que se resiste a descansar.

Tanto el contenido general de la muestra, como la selección de proyectos presentados en vivo, merecen ser vistas  considerando la brecha cada vez más profunda que se abre entre la maquinaria estatal y la población. El abandono sistematizado que sufren las instituciones culturales no puede ser subsanado con demagogia; estos espacios no pueden terminar por transformarse en escenarios desertificados por campañas políticas ni por agendas partidistas.

Miremos algunas de las acciones:

Es la segunda vez que se presenta el “El tapaboca” en el Arsenal, la primera ocasión fue como parte de una exhibición colectiva titulada “Cosas: apuntes sobre el objeto tridimensional en el arte contemporáneo puertorriqueño”. Esa muestra, de cuya curaduría estuve a cargo, se celebró en junio de 2014 en el Sala Oeste del Arsenal e incluyó objetos de la Colección de Artes Populares del Instituto de Cultura Puertorriqueña, que se colocaron en diálogo con piezas de arte contemporáneo de artistas puertorriqueños de las última dos generaciones. Se presentaron tallas, por ejemplo, de Elpidio Collazo y Emilio Rosado junto a trabajos de Jaime Rodríguez Crespo y Ramón Agosto, se incluyeron máscaras de vejigantes ponceños vinculadas a piezas de Manuel Rodríguez y Jesús “Bubu” Negrón, y se mostraron proyectos de carácter más escultórico, como los de Quintín, Miguel Luciano, Zuania Minier y Miguel Ángel Torres Aponte, solo por mencionar unos pocos. El propósito ulterior de aquella exhibición era retar las categorías que se han utilizado para clasificar, distinguir y separar la producción de los artistas según la clase social y el mercado al cual se asignan sus productos. La muestra planteaba, a la vez, la posibilidad de una discusión acerca del valor que se le asigna a los objetos de acuerdo a la procedencia de sus materiales, su uso práctico y el rol político que se les otorga en el imaginario social y nacional en el que están inmersos.

La inclusión de “El tapaboca” (2013) en esta muestra, además de enfatizar los cuestionamientos sobre los discursos nacionales, es una manera de hacer un comentario al interior de la institución, abogando, desde la curaduría, por una revisión de los estatutos sobre los cuales se proponen las visiones hegemónicas de cultura. En ese mismo tono, se presentaron los dos segmentos del proyecto “Diez actos contra el invierno”, diseñados originalmente para el espacio Área: lugar de proyectos, en julio de 2016, como un performance en diez partes; así también y el monólogo musicalizado, titulado “El problema con éste país”, montado en marzo de 2016 en El Cuadrado Gris. Nos pareció importante hacer énfasis en los actos #1 y #5 de los “Diez Actos contra el invierno”, ya que estos comentan sobre un presente continuo al cual los puertorriqueños, en mayor o menor intensidad, se han enfrentado desde que se formalizó la relación colonial con los EE.UU. En el primer acto, el frío, ese ente externo con el cual el cuerpo no se logra entender, y se cubre con capas y capas de ropa y abrigo, en un afán desesperado por huir de esa realidad que le es ajena a su biología. Puede ser común bromear sobre el asunto del ‘frío’ en un tema sobre diáspora, pero a la vez, por manoseado que esté, no se puede obviar. En el quinto acto, del cual solo presentamos una recreación de la torre de cajas a modo de escultura y tres fotos, una persona, con su espalda, intenta mantener elevada una carga que le supera en masa ocho o nueve veces; esa carga, que puede ser la mudanza del que va y viene de la Isla, termina por ser insostenible, como una responsabilidad adjudicada injustamente, como un lastre llevado por demasiado tiempo. En la exhibición, también se pueden ver las piezas “Tapón”, un vídeo performance filmado en 2009; la instalación “Quejas de Caguas”, de 2007, y “Activismo”, una escultura blanda de 2011 acompañada por dos fotografías en las que se aprecia un micrófono en su atril derrumbado en el suelo como si perdiera la consistencia matérica que le mantenía de pie.

El escenario del arte, como lo describen los relatos históricos occidentales, es un lugar de categorías, un espacio para el replanteamiento del objeto y la acción con relación a los cambios sociales, políticos, culturales y económicos que atraviesan la sociedad y los individuos. En Puerto Rico, un espacio a la periferia de las capitales culturales del mundo occidental; el arte y sus espacios han servido por décadas como campo de batalla para discusiones sobre identidad, patriotismo y nacionalidad: no podemos ignorar que vivir en la Isla, o ser identificado como puertorriqueño fuera de la Isla, siéntase uno puertorriqueño o no, determina algunos asuntos sobre la realidad material con la cual negocia el individuo en su desarrollo. Con esto, no quiero decir que existe una manera única de experimentar ese tránsito identitario, pero como los estándares de comparación suelen estar puestos sobre el ‘otro’ —ese otro que nace apoderado y que no es como nosotros—, la realidad colonial también suele imponerse como una constante que, a pesar de sus excepciones, puede ser un marco muy productivo a la hora de explorar el contenido del trabajo de los artistas puertorriqueños.

El trabajo de Rivera Toro, visto a la luz de sus rutas, testimonia haberse hecho varias  preguntas sobre las retóricas luchas de afirmación nacional. Repasaremos algunas de sus acciones y performances: “Sobre lo doméstico: amar, jugar, trabajar”, es el título de una colección de tres vídeos realizados en 2010, en los que Rivera se documenta realizando tareas domésticas durante una temporada en la que vivió en la ciudad Providence en el estado de Rhode Island (EE.UU). La apropiación de lo ordinario dentro del espacio cotidiano se presenta como un ejercicio poético de repetición que se perpetúa a través de la eterna coreografía del orden. Ese delicado ejercicio que demanda atención diaria, sucede en el terreno de lo político en tanto y en cuanto el artista lo propone como los gestos a través de los cuales se articulan valores y afectos. La pieza fue presentada originalmente en la Isla, en la exhibición “Allafuera” en el espacio METRO: plataformaorganizada en Hato Rey.

La repetición está muy presente entre las estrategias formales que nuestro artista emplea. En el caso de los vídeos comentados anteriormente, es a través de la repetición diaria que vemos el gesto realizarse, pero en la colección de fotos “Hermanxs” / “Siblings” de 2002, es la retícula la que contiene el acto. De manera similar sucede con “Cuadrícula del verano / Summer grid”, una acción de 2012 presentada originalmente en la ciudad de Providence; en ella, un individuo que asume el rol de salvavidas, desde su silla alta, vela por la seguridad de bañistas que disfrutan en piscinas de aproximadamente 12 pulgadas de profundidad. La ironía de la imagen que produce esta acción, nos remite al comportamiento patriarcal del Estado, la Cultura y las instituciones civiles de las cuales participamos: un individuo que desde su torre, vela por que las reglas del juego se mantengan, por que la retícula no se quiebre. En este caso, el salvavidas, sólo salva el sistema, no hay vidas amenazadas en ocho pulgadas de agua dentro de una piscina de tres pies de diámetro; ¿seguridad o control?, preguntaría el colectivo de artistas brasileños, Bijarí.

Aunque ya hemos comentado la pieza “Work Harder / Trabaje duro” de 2012, es relevante mencionar, que durante la noche de apertura el equipo de performeros tomaba turnos para pulir manualmente las letras de acero que colgaban en la pared de la sala. El brillo, tan delicado como el orden, demanda atención y mantenimiento; en esta ocasión, a diferencia de las otras en las que Quintín activa él solo los proyectos, la carga se distribuye, pero el volumen de trabajo sigue siendo el mismo, siempre habrá que regresar a pulir el acero de las letras. ¿No parece una trampa someterse a una labor que verdaderamente nunca acaba?

¿A dónde vamos? ¿Por qué nos tomamos la molestia de apostar por un escenario que no está dispuesto a conversar? Es cierto que la generalización es un crimen, pero tampoco podemos ser demasiado optimistas en un panorama que, a juzgar por lo que vemos a diario en las noticias no sólo se resiste a negociar, sino que se niega a reconocer que se puede vivir de otra manera. El Arsenal, a pesar de la precariedad en la cual subsiste el Instituto de Cultura, por lapsos logra ser un espacio desde el cual se pueden tener las discusiones que en otros espacios se evitan. No con menos incomodidad, incluso, tal vez porque hay menos alicientes, la discusión parece inevitable. Tomando eso en cuenta, Rivera inaugura su propia exhibición con un discurso-monólogo en el cual reconoce con vergüenza las amenazas político-culturales que enfrenta Puerto Rico desde la conquista, y, haciendo en repetidas ocasiones la salvedad de que lo que dice “es solo teatro”, le declara la guerra a los Estados Unidos de América. Ostentando un arsenal que no tenemos, convocando una unidad que no existe, condenando la diáspora e invocando a los dioses muertos del panteón taíno, dio por iniciado un combate que no ha cesado, pero del que seguramente tampoco saldremos vivos.

“No temas, repito, no temas, porque seremos victoriosos, y aún cuando la beligerancia nos brinde fatalidades, y hermosos cuerpos sin vida de vuelta al terruño, hemos de concluir que aún después de la muerte se encuentra la victoria.”, dijo Quintín.

La noche del 20 de octubre de 2016, en el Antiguo Arsenal de la Marina, un artista declaró el comienzo de la novísima revolución armada puertorriqueña, y con ello, el comienzo del circuito de acciones.

Antes de concluir, me parece justo hacer un comentario sobre la institucionalidad cultural en la Isla.

En innumerables ocasiones, el arte y el espacio de la cultura han sido deliberadamente instrumentalizados por el Estado para favorecer intereses y agendas político-partidistas. Los ejemplos son varios y van desde lo impúdicamente dirigista, como lo fue la División de Educación a la Comunidad (DIVEDCO), hasta las formas más sutiles puestas al interior de nuestro ideario cultural y el comportamiento “naturalizado” de las instituciones; de manera similar, el mercado y la industria publicitaria, han emulado con exactitud esa voluntad dirigista que apropia y saca partido de la producción artística, ejemplo de ello sería el conocido especial del Banco Popular de Puerto Rico o el polémico comercial de la excandidata independiente a la gobernación, Alexandra Lúgaro.

Es cierto que los artistas, como figuras sociales, vienen acompañados de legitimación y credibilidad, que ante los ojos del público sirven como sellos de aprobación; por ello, es tan atractivo y conveniente para políticos, empresas y organizaciones recibir ese apoyo simbólico que los artistas han construido posicionándose con su obra. A la vez, en el ideario popular que se modela a diario en las redes sociales y los periódicos digitales —unas formas de faranduleo aceptadas— se sustituye la posibilidad de diálogos verdaderos entre sectores, trivializando el acto mismo de conversar, confundiéndolo con estrategias publicitarias.

Ahora bien, ¿Cuál debería ser el rol que jueguen las instituciones culturales en un panorama de crisis como el que atraviesa la Isla? De todas las posibles formas de gentrificación y desplazamiento, la peor es esa a la cual acudimos con nuestros votos y sufragamos con nuestros impuestos. Activar políticamente los espacios de exhibición es una responsabilidad, no como una manera de adelantar agendas proselitistas —eso ya lo hemos hecho muy bien—, sino para impulsar lugares donde sea posible el acto de conversar.

Sea cual sea el futuro que logremos construir con lo que queda, ojalá sea uno que aspire a multiplicar voces.

Madrid, 27 de enero de 2017.